La crisis de la Educación Peruana

El Leader de 1973 da cuenta de la celebración de las Bodas de Oro de la Primera Promoción
del Anglo Peruano. Esta vez, la segunda entrega.


Neil Mackay

La crisis de la Educación Peruana
por el Dr. Neil R. Mackay

Señor Director William Mackay, Dr. Neil MacKay, Señoras y Señores:

Señor Director, Dr. Sánchez, Señoras y Señores:

Francamente yo no sé cómo puedo dirigirles la palabra. La palabra vacilante mía, después de escuchar el discurso magnífico del Dr. Sánchez, tan lleno, no solamente de cosas interesantes acerca de la época aquella de la que hablaba, sino lleno también de gracia y de sabiduría. Me hace recordar una anécdota de la historia de la Colombia del siglo XIX. No me acuerdo ahora en qué parte se presentó un seminarista a un examen ante un jurado presidido por un señor Obispo. Este joven seminarista había estudiado la filosofía, la escolástica y había caído en la manía de decir "distingo" a cada momento, en cada conversacion. Los señores miembros del jurado, menos el señor Obispo, comenzaron a interrogarle y hacerle preguntas sobre distintas materias, y en cada contestacion les dijo: "distingo". Luego comenzó a distinguir. Pero despues de algunos minutos el señor Obispo, que no tenía grandes conocimientos de la filosofía, se impacientó y dijo: "Cállese, cállese, señor. Vamos a la teología". Y preguntó: "¿Se puede bautizar con caldo o no?" "Distingo", dijo el otro, "con caldo que toma vuestra reverencia, no; con el caldo que nos dan en el seminario, sí". Bueno: ustedes han probado el riquísimo caldo del discurso del eminente Dr. Sanchez y ahora tienen que contentarse con el caldo aguado que yo les ofrezco.

Es un enorme privilegio para mí, motivo de honda satisfacción y de emoción también, el encontrarme de nuevo ante ustedes en este muy conocido Salón de Actos. Además es una cosa muy inesperada. Hace diez días yo estuve tranquilamente durmiendo a pierna suelta a la una de la madrugada cuando sonó el teléfono. A esas horas de la mañana se asusta cualquiera al escuchar el teléfono. Mi señora se acercó al instrumento y luego vino asustada diciendo: "Te están llamando desde Lima en el Perú". "Desde Lima, dije para mí, pero ¡qué cosa!, ¡no puede ser! Pero sí, llamaban haciéndome la invitación a venir aquí para esta fecha. Felizmente, no tenía inconveniente en hacer el viaje. Para mí y para mi esposa era una magnífica oportunidad de volver a esta ciudad y a este colegio para reconocer a nuestros amigos que trabajan aquí y a nuestros queridos ex alumnos del plantel. Y para mí es un honor muy grande y un privilegio tomar parte en el mismo programa que cuenta con la participación del conocidísimo Dr. Luis Alberto Sanchez, cuyo nombre tiene mucha resonancia no solamente en la América Latina, sino en todas partes del mundo.

Ahora bien, a mí se me ha pedido que les hable de la educación y les voy a decir unas cuantas palabras sobre este tema, "La Educación en Crisis". La educación es un tema de vastos alcances, que nos ofrece muy diversos aspectos para nuestra contemplación. A pesar de ello la mayoría de las personas la enfocan desde cierto punto de vista, digamos del de la organización de la educación nacional, o de la estructuración del programa escolar, o de la metodología de algunas de las materias de la educación. Pero, yo preferiría dedicar el breve tiempo que nos queda en esta reunión a reflexionar, de un modo necesariamente desconectado y superficial, sobre la educación en sus aspectos más amplios y generales, examinando, hasta donde sea posible, los propósitos que le animan y asimismo la manera en que estos propósitos se perfilan y se cumplen en la actualidad.

Quisiera hacer dos observaciones preliminares antes de entrar en el tema principal. Primera, que la educación organizada es por su naturaleza una actividad humana que mira siempre y conscientemente hacia el futuro, siendo su propósito el de echar los cimientos para ese futuro, tanto para el individuo que es el recipiente de la educación como para la comunidad que la provee. Al individuo, la educación, esta actividad humana que mira hacia el futuro, le proporciona los conocimientos y las habilidades que son el legado de la acumulada labor de los siglos, como también el mejoramiento de las congénitas facultades que se ha logrado mediante el progreso en el ambiente social, facilitándole así el adaptamiento al medio en que le tocará vivir y actuar, y ayudándole a alcanzar las metas a que se dirige en el curso de su vida. Eso en cuanto al individuo. Para la sociedad de la que forma parte, esta capacitación del individuo representa una inversión para el futuro. Anteriormente dicha inversion se concebía y se expresaba en términos más o menos espirituales o sociales, pero actualmente se va generalizando la tendencia de calcular el valor de la inversión educativa en términos cuantitativos y económicos como cualquier otra inversión financiera, y el costo para la comunidad de la capacitación del individuo rendirá sus réditos cuando él comienza a utilizar esta capacitación para mantener y adelantar el progreso de la comunidad. Pero, y esto es lo que quisiera subrayar, los que planifican la actividad educativa y la inversión de caudales intelectuales y financieros para el futuro, son adultos, gente madura, que se han formado en un proceso más o menos parecido y que son, por lo tanto, los productos de la época y de las condiciones en que se han modelado, y que se empeñan en proyectar sus valores y sus ideales hacia el futuro. Dichos valores e ideas pueden derivar en parte de la tradición que los planificadores han recibido como parte de su educacion, o pueden ser en parte los frutos de una reacción o de una rebelión contra la tradición heredada. Pero en todo caso constituyen las fuerzas y las influencias fundamentales en la evolución y la formación de la filosofía, de la doctrina y del sistema para la estructuración de esa actividad que mira hacia el futuro y que llamamos la educación.

Con mucha razón, el gran pensador español del Siglo XVI, contemporáneo de Erasmo y de Lutero, Juan Luis Vives, dio el título de Tratandis Disciplinis a su obra máxima en la que expone sus ideas sobre la educación, y él insiste que la educación es la transmisión de la tradición de una sociedad a otra. Ahora bien, la segunda observación que quisiera hacer, sigue de la primera, y es que los valores y las ideas, y los conocimientos que una generación transmite a otra mediante la educación organizada, se han de determinar y orientar por ciertas actitudes básicas, algunas atávicas y otras engendradas y creadas dentro del clima de opinión de la época, actitudes que constituyen la esencia de la cultura de la comunidad educadora. De estas actitudes, de sus origenes y de su desarrollo histórico, como también de los cambios que se han producido en ellos y de la consecuente desintegración de la cultura occidental, me ocupé en la charla que en este mismo recinto di hace 6 años, fecha en que se celebraron las bodas de oro de este Colegio.

No quiero volver sobre mis pasos; pero, si quisiera recordar que en esa oportunidad sostuve que una manera de realizar la muy dificil tarea de evaluar la cultura de una época determinada, por ejemplo si se quiere medir el flujo y el reflujo de la cultura occidental en el transcurso de su historia milenaria. Una manera, como dije, de evaluarla sería el de preguntar qué se opinaba en esa época, o qué se opina en nuestra época, y entre la gran mayoría de la gente sobre la naturaleza y el destino del hombre. O por decirlo de otra manera: ¿cuál es el pensamiento dominante de la época con respecto a la cosmología, o sea a la interpretación del cosmos, del universo en que vivimos? Se puede objetar que esto es filosofía o algo parecido a ella, y para ahorrar tiempo, como asimismo contestar con mayor claridad, me valgo de algunas palabras de Ortega y Gasset, el gran filósofo español, que al hablar de semejantes conceptos. dijo: "esto es filosofía, y esa filosofía o, la interpretación de nuestra vida será aguda o roma, elemental o sabihonda, espontánea o patente, pero lo que no puede negarse es que el hombre, quiera o no, la ejercita. No puede vivir sin interpretar su situation, sin filosofar. De aquí que el mayor resumen de una época sea su filosofia". (Hasta aquí Ortega). Afianzándome en estas palabras, vuelvo a decir que la interpretación del universo generalmente aceptada en una época es un buen índice del rumbo que sigue la cultura de ésa época. Lo que no quiere decir, desde luego, que no hay otros factores: genéticos, históricos, geográficos, lingüísticos, etc., que pueden crear una gran diversidad de subculturas y de climas de pensamiento dentro del territorio donde reina la interpretación cosmológica.

En efecto, la historia nos enseña que esa diversidad existe dentro de la opinión general. De la diversidad mana el dinamismo de la cultura. Ahora bien, es innegable que en el mundo occidental (y cuando digo occidental no lo hago con referencia alguna a las ideologías o sistemas políticos de la actualidad, sino con referencia a la antigua y todavía corriente distinción que se hace entre el occidente y el oriente, o sea, si se quiere, entre la cristiandad tal como se concebía en tiempos anteriores y el resto del mundo. Esa cristiandad, ese mundo occidental, abarca toda Europa, parte del mundo Mediterráneo y, por extensión, las Américas), es innegable, repito, que el concepto cosmológico reinante en ese mundo durante luengas centurias tenía su matriz en la religión cristiana, si bien es cierto que en la formación y la evolución de la cultura occidental se nota la existencia y la persistencia de otros elementos de suma importancia, tales como por ejemplo, la herencia helénica y la organización romana. Pero el tribunal de última instancia, por decirlo así, en cuanto a la interpretación del cosmos, del universo y del destino del hombre, se hallaba en las Sagradas Escrituras, especialmente en el Evangelio que fue universalmente aceptado como una revelación divina, o sea, como la manifestación de un poder trascendente en la creación del universo y la redención de la humanidad.

Un pensamiento dominante de esta índole, no solamente llega a ser una cosa conocida y orientadora en la cultura, sino que la dota de los símbolos para dar expresión a las actitudes íntimas creadas por el pensamiento, y asimismo para facilitar la comunicación entre individuos y sectores sociales. La arquitectura, el arte, la música, la literatura, sirven para exteriorizar y traducir la interpretación o la filosofía de la vida que todos, o por lo menos la mayoría, aceptan, claro está, con distintos grados de entendimiento intelectual. Y aun más, el pensamiento dominante, la cosmología reinante, impone normas de conducta que son matrices de códigos de derecho y de instituciones políticas y sociales, y de moralidad consuetudinaria. Cuando el pensamiento dominante se afloja y deja de ser la fuerza coercitiva y directriz, la cultura comienza a desintegrarse, paulatinamente al principio y luego con mayor rapidez. Los antiguos valores se marchitan y los símbolos pierden su significación universal. Cada uno interpreta la vida y el universo a su modo, o de conformidad con las tendencias de un grupo o secta, y si bien es cierto que la intuición estética y la imaginación creadora nunca dejan de obtener sus victorias sobre las fuerzas de las tinieblas, las artes y la literatura tienden a ser cada vez mas esotéricas o estériles.

Para la gran mayoría de la población, tales problemas y preocupaciones han perdido toda importancia, en la actualidad la interpretación de la vida se reduce, como en otros tiempos antiquísimos, a "come, bebe y huélgate, porque mañana morirás". En la conferencia anterior, es decir la de hace seis años, sostuve, y lo sostengo hoy, que nuestra cultura occidental ha entrado en esta etapa de desintegración y decadencia a pesar del asombroso progreso tecnológico que colma los anales de las últimas décadas, y que está en peligro de desplomarse totalmente. Por eso vengo a decirles esta noche que la educación, esa educación que se ha desarrollado lenta, pero poderosamente, en el mundo occidental a través de los siglos, está en crisis, tanto en el sentido etimológico del vocablo que quiere decir que esta en tela de juicio, como en la aceptación más llana que quiere decir que está en peligro. Hemos visto ya que la educación es la proyección hacia el futuro (y la elaboración de los medios para realizar esa proyección) de los valores, conocimientos y habilidades acumulados y atesorados por la generación actual; y entre las habilidades debemos siempre incluir la de poder escudriñar y asesorar el valor de la herencia transmitida.

Por eso la educación viene a ser un correlativo de la cultura, o mejor dicho una función, en el sentido matemático de la palabra. Es una cantidad cuyo valor depende del valor de otra variable; o, adaptando para nuestro propósito la famosa frase de Platón en el Timeo cuando habla del tiempo y la eternidad, podemos decir que la educación es la imagen movediza de la cultura. Y cuando la cultura se desintegra, ¿qué del otro término del binomio? y ¿qué de la imagen cuando la cultura desaparece? Ahora bien, me detengo para considerar muy brevemente una pregunta que seguramente se ha formulado en el pensamiento de los que me escuchan, y que merece toda nuestra atención. "Puede ser cierto, todo aquello que usted dice de la obra de la cosmología y de la filosofia cristiana en épocas pretéritas, pero ¿no es igualmente cierto que en tiempos modernos tenemos otra interpretación del universo, otra cosmología, la científica, que da cohesión y dirección a la cultura y que nos ha brindado una cantidad incalculable de descubrimientos y tesoros para transmitir a las generaciones venideras?"

El intentar contestar la pregunta con la seriedad y amplitud que ella misma exige y que este distinguido auditorio merece, resultaría imposible en los minutos que me quedan del tiempo señalado para esta actuación y les ruego que me disculpen si me limito a una brevísima exposición de tres o cuatro conceptos.

En primer lugar en cuanto a la antigua cosmología, la cristiana, en esa cosmología lo transcendente, lo divino, lo sobrenatural, es el elemento más importante, muy por encima de lo temporal y lo creado. Y en ese elemento de lo transcendente se distinguen otros dos aspectos. Primero el de lo eterno o la eternidad, que es cualitativamente distinto del tiempo: no es una mera prolongación del tiempo. El otro aspecto es el de lo santo, la exclusión total de todo lo malo. El profeta Isaías da expresión notable a estos conceptos cuando dice: "Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es el Santo". Es la visión de Dios el Todopoderoso, el creador de los cielos y de la tierra.

En segundo lugar es de notar que para la cosmología cristiana, lo temporal y lo creado, no carecen de realidad: aunque ocupan lugar secundario no carecen de realidad. La naturaleza inorgánica y organica que constituyen el universo no es una ilusión como lo suponen ciertas religiones orientales. Tampoco carece de orden y racionalidad; al contrario, revela la sabiduría infinita del Creador. Pero no se trata tampoco de un mecanismo que ese Creador ha dejado a funcionar por sí solo; el poder divino se ejerce continuamente en el controlar de los sucesos que constituyen la vida del universo y así se distingue de los conceptos griegos del absoluto y del infinito.

En tercer lugar, el hombre se sitúa en el espacio y en el tiempo, pues es parte de lo creado, de la creación, pero no totalmente encarcelado: tiene la potencialidad de escapar y de entrar en la otra vida, la eterna que es cualitativamente distinta. Lo que anula esa posibilidad y esa potencialidad, y que le hace al hombre incapaz de traspasar los límites del tiempo y del espacio es el pecado, lo que se llama el pecado, que no consiste solamente como muchos piensan, en la inmoralidad o en la amoralidad, sino en desconocer la existencia y la autoridad de Dios, y en el deseo de elevarse a sí mismo al trono del universo. Sin embargo, al hombre rebelde, según esta cosmología, Dios le ha abierto la puerta hacia el mundo invisible en la persona y en la obra de nuestro Señor Jesucristo, y además en la misma Persona y por medio del poder divino, le ofrece la oportunidad de una renovación espiritual aquí en la tierra, tanto del individuo como de la sociedad. Estos son, pues, en términos muy breves e imperfectos, los elementos principales de esta interpretación cristiana de la vida y del universo.

Por otra parte, la interpretación científica, en cuanto es cosmología, elimina lo transcendental, dejando al hombre prisionero en el tiempo y en el espacio y sin más recursos que su capacidad intelectual y la naturaleza que le rodea. Que esos recursos no sean nada desdefiables se ha comprobado ampliamente en la historia del mundo, sobre todo en los últimos siglos de la historia del occidente.

Verdad que el hombre logra sus triunfos científicos y tecnológicos, sin embargo los telescopios que el mismo fabrica revelan cuan insignificantes son su vida y sus hazafias en este universo tan enorme en que se halla. Con razón decía Pascal (tengo que citar las palabras de memoria porque no tengo el libro a la mano), decía Pascal: "Cuando pienso en el hombre perdido en un rincón del universo sin saber de dónde viene, ni quién lo colocó allí, o cual sea su destino, me maravillo de que la gente no se enloquece de terror". Así dice Pascal. Esto no quiere decir que la ciencia sea todo un engaño, o que sea defectuoso o una mentira: no, porque dentro de su campo de actividad y de los limites de la razón, realiza una labor magnífica. El error consiste en pensar que las llamadas verdades de la ciencia tengan un valor absoluto.

Pero sin pensar más en estas grandiosidades, paremos mientes en lo que va sucediendo en la vida diaria de nuestro mundo, especialmente en los países llamados desarrollados, los países de una tecnología industrial muy avanzada, y entre ellos mi país. La falta de una verdadera cosmología deja al hombre solo con la naturaleza, frente a la naturaleza a la que intenta dominar y explotar, lo que ha hecho con mucho éxito en cuanto a la producción de bienes materiales. Pero ahora se siente un gran desasosiego, gran inquietud en los países mas avanzados, y en mi país también. ¿A dónde vamos? se pregunta, ¿A dónde vamos con todo este progreso, así llamado? ¿En qué consiste el bienestar del hombre? Segín la doctrina imperante en todo el mundo occidental, consiste en mayor desarrollo económico, en mayor producción de bienes de consumo: y ¿con qué finalidad? ¿Para que cada familia tenga dos automóviles, o tres o cuatro en lugar de uno y eso en el momento que va faltando la gasolina? ¿Tener dos heladeras, tres lavaropas, en fin, multiplicando los bienes hasta el hartazgo, y luego qué? Esta es la pregunta que deja a muchos intranquilos en mi país y en otros países del occidente: es decir, que el mundo va progresando sin rumbo y sin meta visible y con el único afán de aumentar la industrialización y la producción económica.

Algo parecido ocurre en el mundo de la educación. Las facilidades se han multiplicado y aumentado enormemente. La educación se ha democratizado y está al alcance de todos. La escolaridad obligatoria se ha extendido a los dieciséis años para que los jóvenes tengan oportunidades jamás soñadas por los padres. A nadie le estorba la falta de recursos para llegar al nivel universitario porque abundan las subvenciones, las concesiones, los privilegios. ¿Y con qué resultado? ¡Una felicidad ilimitada al poder entrar en una utopía semejante? No; mas una desilusión muy grande que cunde en todos los niveles de la educación y que señala un futuro cargado de dudas y amarguras. La cultura cristiana del occidente se ha desintegrado y la educación se reduce a la transmisión de conocimientos y habilidades técnicas. La juventud no hereda valores porque la generación actual no los tiene para legar o transmitir. Y no hemos de sorprendernos demasiado al saber de la desorientación y la rebelión que se manifiestan entre la juventud de nuestros dias. Intuitivamente se dan cuenta de que la educación los lleva a un callejón sin salida, o a ese mundo en que predomina la ansiedad de aumentar bienes materiales y en que no hay más esperanza que la muerte a manos de la noche fría.

Por eso digo, señores, que la educación esta en crisis y que es necesario tomar medidas urgentes y fundamentales, para afianzarla en bases espirituales y fuertes. Y al decir esto, quisiera añadir mis pequeñas palabras de homenaje a lo que el Dr. Sánchez ha dicho acerca del Dr. Mackay, y los propósitos con que él fundó este Colegio hace 53 años. Vino aquí no solamente para colaborar en la instrucción de la juventud peruana, lo que hizo de muy buena gana y lo que el Colegio sigue haciendo hasta hoy con todo corazón, pero él vino también con el deseo de afirmar y mantener firme la interpretación del universo y de la vida del hombre que ofrece la cosmología, o sea la religión cristiana, y con el afán de proclamar el mensaje del Evangelio, el mensaje de amor y reconciliación que ofrece al hombre la esperanza de una renovación de espíritu, tanto en el individuo como en la sociedad. El vino, efectivamente, a decir que el hombre no vive simplemente del pan sino de toda palabra que viene de la boca de Dios, y eso es lo que el Colegio sostiene hoy, que para la restauración y la renovación de la cultura occidental y para dar nuevo impulso y nuevas energías a la educacion nuestra, hemos de tomar otro rumbo, no solamente en busca de los tesoros materiales de este mundo, sino como lo señaló nuestro Señor Jesucristo: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas.

Muchas gracias.

 

 

Página 4 de 8

Old Boys Access


Si eres ex alumno regístrate y ¡pasa la voz!
Old Boys Association - OBA Persigue la unión de los ex alumnos del Colegio San Andrés (Anglo Peruano) a través de eventos y actividades culturales sin fines de lucro que tienen como objetivo principal el desarrollo del Colegio.
Dirección Av. Petit Thouars 179
Urb. Santa Beatriz
Lima 1
Perú
Equipo de trabajo Presidente: Edward Perales
Vicepdte.: Tulio J Carrasco
Tesorero: François Vidal
Secretario: Jesús Tagle
Fiscal: José Luis Jessen
Deportes: Rubén Marruffo
Vocal: Yuri Valencia
Vocal: Severino Molina
Vocal: Oswaldo Santa Cruz
Vocal: Enrique Jessen
Vocal: Edilberto Carbajal
CEO: Daniel Soria