John A. Mackay y la educación peruana

El Leader de 1973 da cuenta de la celebración de las Bodas de Oro de la Primera Promoción
del Anglo Peruano. Aquí reproducimos en dos entregas los discursos pronunciados en dicha
ocasión. 

Luis Alberto Sánchez

Bodas de Oro de la Primera Promoción del Anglo Peruano

Leader tiene el privilegio de insertar en sus páginas los brillantes discursos pronunciados por los Doctores Luis Alberto Sánchez y Neil A. R. MacKay, en la celebración de las Bodas de Oro de la Primera Promoción del Colegio Anglo Peruano, hoy San Andrés. Las versiones se deben a la gentileza y paciencia de la señorita Administradora, Miss Florence Donaldson Campbell. Gracias, Miss Florencia.



John Mackay y la Educación Peruana
por el Dr. Luis Alberto Sánchez

Señor Director William Mackay, Dr. Neil MacKay, Señoras y Señores:

Es usual decir que se agradece mucho una invitación, y es usual que se diga que se agradece y no se agradece. Es inusual que no se diga nada y que se sienta. Ven ustedes por lo dicho lo que acabo de decir.

Es realmente un privilegio el de recordar los amigos y recordar sobre todo a los amigos eminentes y a los amigos eminentes que además de ser eminentes tienen corazón, que es una manera de tener raíces más que eminencias. Y es también un privilegio el poder recordar aspectos de la educación que en buena cuenta pueden constituir un prólogo para lo que va a decir el Dr. Neil MacKay —É1 va a hablar de “La Crisis de la Educación”. Y simplemente me voy a referir a una crisis de la educación peruana que tiene relación con el Dr. Mackay. Conocí al Dr. John A. Mackay el día que sustentaba su tesis sobre Unamuno en la faculttad de Letras. Me parece que fue el año 18. No ha cambiado en los años, ni siquiera encorvándose. Hay gente que no se encorva ni por dentro ni por fuera, Mackay es de ésos. Su tesis sobre Unamuno revelaba la inmensa inquietud que había suscitado en Mackay la presencia del espíritu español, y más que eso, la presencia de un tipo de cristianismo beligerante y polémico, agonista como decía Unamuno, que causaba mucho con las perplejidades, vacilaciones y certidumbres consiguientes que acompañaron siempre el pensamiento cristiano de John Mackay. Y perdone que le digo John Mackay, pero nosotros le decíamos “don John” que es una manera graciosa de mezclar las dos cosas, las dos lenguas, los dos espíritus, las dos tendencias y una sola personalidad.

Desde entonces Mackay se incorporó al espíritu universitario. Empezó en San Marcos al mismo tiempo que fundaba el Colegio Anglo Peruano. Yo fui su compañero ocasional, y lo vi de inmediato con esa inquietud que tienen los jóvenes por descubrir a quienes se les parecen en edad aunque los aventajen en experiencia. Descubrí en él un espíritu amante, de algo que entonces se instaba siendo un poco distante del espíritu peruano, o del espíritu, más que del espíritu de la externidad peruana, algo que a veces se suma entre nosotros pero que felizmente se recupera después.

Lo vi un amante decidido de la libertad. Vivía el Perú en esos momentos en la iniciación de un gobierno vigoroso, excesivamente autocrático, pero que ha sido teñido de colores más oscuros de los que tuvo, que no fueron claros desde luego, y se vivía en riesgo y en amenaza. Mackay sin tomar parte en política optó por estar con los amenazados. Los amenazados entonces no eran precisamente los pobres. Casi siempre los ricos han amenazado, es un signo de los verbos recíprocos, ser y recibir, y así fue entonces. La intelectualidad estaba representada por un puñado de gentes, casi todos vinculados con San Marcos. Hasta entonces no ser sanmarquino y ser intelectual era casi una antimonia, salvo que se fuera bohemio y entonces la sociedad lo despreciaba. Había que pasar por esas aulas que consagraban con el óleo de su sabiduría aunque fuera con mayúsculas o minúsculas, pero de todos modos daban patente de viaje de corso no importa, pero daban patente para moverse. Una de las partes de la élite intelectual estaba reunida en el Mercurio Peruano que dirigía, a veces in absentia, Víctor Andrés Belaúnde. Yo tenía entonces 18 años y fui uno de los precoces miembros de eso que se llamaba la protervia, de puro ser bueno lo llamaban protervia, las paradojas se suelen hacer —los buenos quieren parecer malos y los malos quieren parecer buenos. Y como era una reunión de almas del Señor, algunas no tan del Señor sino de los señores, pero de todos modos lo mismo da en este caso, la Protervia. Mercurio Peruano no fue una trinchera de la defensa de la libertad pero tampoco sirvió a nadie. Mackay concurria los martes sistemáticamente a las reuniones de la protervia. Se discutía sobre el heroísmo, sobre la educación, sobre la beIleza, a veces algunos chistes, otras veces algunas visitas y siempre un suculento chocolate al final, que si bien evocaba la colonia, de todos modos regocijaba los estómagos republicanos.

En esos días, entre el 18 y el 20, sufríamos una crisis que no está tan aguda a través de la distancia como la de hoy, pero era una crisis muy violenta. Acababa de terminar la primera guerra mundial, acababa de dictarse para los latinoamericanos un documento que inquietaba ya las mentes abiertas de los que curioseaban las ideas ajenas, se había dictado la constitución de Querétaro, aquella que dice que la tierra y las materias primas son del país que las poseen, aquella en la cual se fundaba la expropiación del petróleo en Méjico hecho después el 38, aquella que estableció la escuela única, aquella que prohibió los uniformes, aquella que, en buena cuenta, dijo que el salario tiene que ser un salario vital. Una constitución que algunos llaman socialista pero que fue sencillamente revolucionaria sin comillas de ninguna especie y sin contrarevolución posible. Los contra revolucionarios si fueron un millón estaban bajo tierra de manera que todo estaba en paz. Y tuvimos además que enfrentarnos a otro hecho que conmovió a1 mundo, la revolución bolchevique. En octubre se había sacudido las bases del más viejo imperio de Europa. Había empezado el primer movimiento menchevique con Kerenski en el mes de junio y en octubre la revolución bolchevique con Lenin. De suerte que en los años 18 a 20 las discusiones en el Perú sobre todo entre los jóvenes universitarios, todas ellas tendían a rehacer el Perú, a remover los escombros, a primero crear los escombros para poder removerlos a efecto de crear un nuevo espíritu. Es por eso que el año 18, año en que Mackay estaba trabajando poniendo los cimientos del Colegio Anglo Peruano, es entonces cuando estalla la reforma universitaria y empieza un movimiento, también se empieza a discutir la nueva ley de educacion —la ley que se aprobará solamente el año 20, y que entra en funciones en lo que respecta a la Universidad de San Marcos sólo el año 22 y después del receso político del 21 y la reapertura del año 22, o sea que le toca a Mackay, por un mandato del destino, por un fatum, le toca asistir, a él, espíritu pacífico pero siendo un agónico combativo y unamunístico, le toca asistir a1 país a donde va fundar un colegio que rime las necedidades contemporáneas con las tradiciones del lugar, le toca afrontar una verdadera crisis. Esa crisis que a través de la distancia parece una crisis infantil, todas las crisis son infantiles hasta que lleguen a ser adultas, entonces ya dejan de ser crisis y se vuelven estables, pues esa crisis fue en la que Mackay tuvo una gran participación. ¿Qué se discutía entonces en la educacion peruana? Se discutía lo que se ha discutido siempre. No había discursos televisados, ni había monopolio de la palabra para nadie, pero sin medios de comunicación tan difundidos había mejor número de participantes aunque hubiera menor número de medios para participar. Así suelen ser las paradojas, suele ocurrir que cuando hay muchos automóviles hay menos pasajeros y a1 revés, que cuando hay muchos pasajeros hay menos automóviles. Esto es lo que se llama la contradicción del mundo contemporáneo. Entonces pasaba exactamente lo mismo. Había la necesidad de sacar la educación de las manos singulares que la poseían. En esa época se exigía como requisito mínimo para cualquier cosa, simplemente saber leer o escribir, y eso era un requisito nominal porque hasta ahora no saben leer ni escribir, y algunos de los que aprendieron se han olvidado, son accidentes del trabajo. El hecho es que tener educación secundaria era prácticamente ser como un post-grado de hoy. Se era empleado de cualquier cosa con tercer año de primaria, el que terminaba el 5º de Primaria era prácticamente un aprendiz de genio, el que terminaba secundaria era un privilegiado de la fortuna, y el que llegaba a la Universidad habia tocado las puertas del paraíso. Establecida así esta jerarquia social, había que ampliarla, porque ya con la revolución rusa, con la revolución mejicana, con las conmociones sindicales y lo que Ortega ha llamado “la rebelión de las masas” que se hace patente sobre todo después del 18 y en forma a menudo cruenta como el famoso paro del 1º de mayo de Buenos Aires en 1918, y como en el paro de mayo de 1919 en que según la prensa de entonces en Lima hubo 400 muertos sólo en tres días de estado de emergencia —entonces no se llamaba “emergencia” sino llana y sencillamente con un lenguaje mas directo "estado de sitio", pues bien, porque la ciudad estaba sitiada, el ciudadano sobre todo estaba más que sitiado, pues después de todo esto, era inevitable que la tendencia educativa fuera ampliar sus bases. La rebelión de las masas se hacía patente en una peticón, en una exigencia de las masas para poderse enterar de qué es lo que ocurria y esto da lugar a la reforma que empieza por la Universidad como era lógico entonces, empezaba de arriba puesto que todo era cúspide, los que sabían estaban en la cúspide, los demás no estaban en ningún lado, era realmente el ultimo escalón sin escalones intermedios, se llegaba de un salto de otro modo o se trepaba por una soga porque no había tampoco otro medio, pues había que empezar esta reforma no por las bases de la primaria como empezó en la Argentina allá por el 1860 con Sarmiento, sino tuvo que empezar por arriba y lo empezó la Argentina así en 1918 en Córdova y nosotros en 1919.

Es decir, cuando Mackay está en su segundo año del Colegio Anglo Peruano, y cuando está rondando ya la Universidad como Profesor de Metafísica, la Universidad estalla en el movimiento de la Reforma que pedía cosas que a Mackay le caían muy bien porque rimaban con su espíritu cristiano. ¿Qué querian? Querían que en la Universidad se estudiase, cosa que hoy día resulta extraordinaria. Querían que las materias que se estudiasen tuviesen relación con el mundo actual, cosa que hoy día es exageradamente caricaturesco. Querían que se estudiaran los temas nacionales con lo cual no habría integración y otras cosas. Pero éstas eran las tendencias fundamentales y luego se pretendía que tuvieran acceso a la educación todas las gentes. No había aún enseñanza gratuita sino sólo en la letra de la Constitución del 20 para la primaria y en los establecimientos del Estado, pero todo lo demás naturalmente era pagado, todo absolutamente inclusive en los colegios nacionales. Pues bien, este primer choque en que las masas piden enterarse de qué se trata y piden tener acceso a la educación dio motivo para que, con el primer Gobierno de Leguía, se acelerase una comisión de Educación en la cual estaban representados los más grandes valores circulantes de nuestra cultura de entonces. Recuerdo a tres, no sé si eran cinco, pero sí recuerdo a tres, cuyos solos nombres bastaban para indicar cuál era la importancia que se daba a una comisión que iba a reformar la educación. Estaba don Manuel Vicente Villarán que el 22 seríaa ya Rector de San Marcos, estaba don Alejandro Deustua que era el viejo del espíritu filosófico por excelencia, sería Rector el año 28, y estaba don Federico Villarreal, que nunca llegó a Rector sino felizmente a dar nombre a una Universidad contemporánea. Pero estos tres nombres: Villarán, Deustua y Villarreal representaban lo más excelso, lo más característico de la Cultura Peruana y como es natural un pais que se respeta escoge para reformar su educación a hombres que sean respetables, cuando no, lo que hagan los hombres que no son respetables generalmente deja de ser respetado.

Pues bien, discutieron los autores de este proyecto de ley, discutieron entre otros con Mackay a quien llamaron en consulta varias veces. Le llamaron no creo porque creyeran que sabía mucho, sino porque era extranjero, y esto ya es un mérito que indica que el espíritu nacional estaba mas poroso que otras veces. Y se trató de plantear lo que pudiéramos llamar, casi digo los andamios, pero no está de moda, las estructuras diremos mejor, las estructuras de la nueva educación. Pero había surgido un problema nuevo y es que por primera vez los estudiantes querían ser oídos, no gritaban, no, dejarse oír es cosa distinta porque cuando uno grita no lo oyen, sencillamente se queda uno sordo, en cambio cuando uno habla, se escucha, el grito no se escucha, el grito se oye, la palabra se escucha, son cosas diferentes, por algo existe el verbo oir y el verbo escuchar, el castellano en esto es muy sabio, muy sagaz, muy rico. Los muchachos, los estudiantes querían ser oídos, no los de las escuelas, de la universidad, y recuerdo mucho algunas discusiones en el seno del Mercurio Peruano en que Mackay apoyaba esta posición. Y quiero recordar que entre uno de los amigos más íntimos de Mackay, era un joven, no de muy alta estatura, de cejas muy negras y bigotes tan negros como las cejas, inquieto, deportivo, miembro de la Y.M.C.A., que discutía siempre sobre temas teóricos y le gustaba citar, citar quizá con exceso, a maestros ingleses y norteamericanos, enamorado de Emerson y Thoreau, que había sido ingeniero y que era ingeniero pero que se iniciaba en las letras como alumno de Letras. Se llamaba Edwin Elmore Lettz, murió de un balazo en una contienda ideológica por mano del poeta Chocano el año 25. Todo esto para indicar un poco la anécdota del problema. La ley del 20 salió. Por primera vez estableció la ley del 20, entre otras cosas, los exámenes de admisión en las Universidades. Hasta ahí los que salíamos de la Secundaria entrábamos, a veces nos jalaban, la admisión era después, si lo jalaban a uno cuando entraba pero se quedaba en el dintel, si lo pasaban, pasaba la puerta. Había menos presión sobre la Universidad y era posible hacer eso. En el año 20 se estableció por primera vez la representación de estudiantes en los Consejos universitarios y se habló, en las Actas consta, de la posibilidad de representación de los padres de familia en los Consejos de los Colegios, o sea de lo que se trataba era de ampliar las bases de la escuela, de ponerlas más en contacto con la sociedad. No se llamaba entonces a la sociedad “sociedad” porque esos eran términos de la sociología positivista que hablaba del “agregado social”. La sociedad era la élite, la gente rica, los demás no éramos sociedad, éramos sencillamente una clientela de la sociedad, lo cual no estaba muy mal porque ser cliente siempre es bueno porque a veces no se paga la cuenta que presenta el profesional. En esta ley del 20 además se puso mucho énfasis en que las facultades de ciencias y de letras deberían ser, como lo había dicho ya una ley del año 1902, una antesala obligatoria de las Universidades, o sea que de lo que se trataba era que el profesional no fuera ya simplemente un profesional, como se esta queriendo ahora nuevamente, cuando se llamó a la educación universitaria profesional, cometiendo un error tremendo, sino que se pretendía que el hombre debiera tener siempre una cultura general, una base de cultura humanística y luego su profesión, como ocurre en todos los países civilizados a los cuales naturalmente nosotros pertenecemos. Pues bien, la ley del 20 que comenzaba a aplicarse desde entonces fue sincronizada con un movimiento en el cual participaron varios profesores del Colegio Anglo Peruano. En el Colegio Anglo Peruano, Mackay, tuvo un fino sentido de lo que pasaba en el Perú de acuerdo con lo que ocurría en el mundo. Se dio cuenta de que la fuerza transformadora estaba en una juventud, pero una juventud que amaba la cultura por la cultura mismo y la vida por la propia cultura, y en vez de llamar a su colegio a lo que pudiéramos llamar los profesionales de la educación que siempre saben mucho de sistemática pero no siempre mucho de la materia que se trata de aplicarse con el sistema, llamó a jóvenes inquietos, capaces de remover el ambiente, de ponerse en contacto con los alumnos, de discutir con ellos de tú a tú y de, en buena cuenta, aprender con ellos que es lo que hace todo buen profesor que se estima y que estima su profesión. Aprende todos los dias y por consiguiente es alumno de sí mismo y de los propios alumnos. En ese plantel de profesores, todos ellos jóvenes, estaban Haya de la Torre, Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía, y si ma1 no recuerdo todavia no Jorge Basadre estaba demasiado joven sino un poco después, Vega y Luque, una serie de jóvenes que eran estudiantes y a1 mismo tiempo profesores que no se habían graduado pero eran ya universitarios. En buena cuenta Mackay hizo participar en el Colegio a todos los que eran la vanguardia, sin comillas esto de la vanguardia, auténticamente la vanguardia de la renovación del pensamiento en el Perú Gran parte de estos jóvenes que habían tomado parte en la reforma universitaria un buen día casi abandona el Colegio en el año 20 para irse a1 congreso de estudiantes del Cuzco. El Congreso de estudiantes del Cuzco que no se ha valorado todavía bien en los Registros Culturales del Perú, mucho menos en lo de la Educación que creo que también pertenecen a la Cultura, y es que en ese Congreso. que fue el primer Congreso nacional del Cuzco, por primera vez se planteó lo que se llamaba la Universidad Popular —y en esto no estoy haciendo llevar agua a ningún molino porque hay molinos que ya no necesitan agua porque la tienen y a veces se inundan, de manera que es mejor dejar el asunto de las aguas en paz a su verdadero nivel, sino que, la Universidad Popular era una respuesta que se quería dar desde el punto de vista de la inquietud de las masas, de las grandes masas, del hambre de saber, el hambre de nivelar por dar, sino por muy arriba, siquiera por la mitad, no por debajo, una respuesta que se querí dar a la demanda de cultura del pueblo, y además era una sincronización con lo que estaba ocurriendo en otras partes. En un libro que no quiero mencionar, porque también parecería lo del agua y el molino, hay una carta del fundador de las Universidades Populares del Perú, una carta de Lunacharsqui que era entonces el Comisario de Instrucción del primer Soviet de Lenin, dirigida a las universidades populares porque en ese momento la Revolución Rusa en el afán de iniciar la campaña contra el inveterado analfabetismo del Mujic ruso, había abierto las compuertas de la enseñanza y creado centros populares en los cuales unos eran maestros de los otros, el que más sabía era maestro del otro y no se pedian titulos sino se pedian saber y ganas de enseñar. La Universidad Popular sale de la Universidad, que es una reforma fundamental y que está siendo adoptada en todas partes, sale en el Perú, sale del Congreso del Cuzco y por cierto la ponencia respectiva fue planteada por Basadre de acuerdo con los promotores del certamen. El que lea las Actas podrá tener alguna sorpresa comparando nombres de ayer y nombres de hoy, pero es natural que la gente cambie, a veces para mal, a veces para bien, en general es para cambiar, el cambio es siempre saludable aunque el cambio por el cambio dicen que no es tan bueno porque resultan cambistas. De todos modos este Congreso del Cuzco fue realmente una obra en parte del Colegio Anglo-Peruano, no es que Mackay lo inspirase, no es que fuese un promotor, no lo vayan a juzgar hoy, in absencia todavía, que ahora se puede juzgar en ausencia y hasta sentenciar en ausencia, como promotor de un movimiento tal o cual en el Peru, no, es que los que habían sido y los que eran profesores juveniles estrenados en el Colegio Anglo Peruano habían captado de Mackay ese calor humano, esa necesidad de distribuirse prácticamente como pan caliente para todos, casi cito un verso de Vallejo, de entregarse a los que estaban ávidos de saber, ávidos de mejorar, ávidos de perfeccionamiento. Mackay fue un promotor aparentemente pasivo y su colegio sufrió en esos tiempos serias embestidas. Yo recuerdo ese viejo colegio que estaba en un Callejón Largo, junto a1 antiguo Hospicio de los Huérfanos en la Plaza la Recoleta, bajo unos portales que hoy día son claudicantes y que a lo mejor desaparecen cualquier día, en una de cuyas paredes esta enclavada la placa de Jose García Calderón muerto en la defensa de Verdun del año 16. Yo recuerdo que pasar por el Callejón Largo en ciertos días del año 22 y sobre todo del 23, era pasar por un desfile de lo que entonces no se llamaba con ningún nombre técnico sino tenía un nombre un poco de soplo de la voz, en que rodeaban el colegio para examinar quienes entraban y salian y detener algun profesor. Varios profesores fueron detenidos, uno de ellos, profesor de la promoción del 23 que están presentes. los miembros de la promoción del 23. fue expelido violentamente en octubre del 23 y no pudo asistir a la primera promoción, no nombro a nadie pero simplemente doy una fncha. Pues bien, todo este movimiento que era la presentación de una crisis peruana tiene de repente como eje o por lo menos como uno de sus pilares a1 serafico Mackay. Mackay con su aire angelical, con su hablar suave, con su mirar penetrante, con su lentitud para responder, no porque le faltaran palabras sino porque no quería que le sobraran que es cosa diferente, bastante distinta. Con esa actitud había inspirado un respeto moral enorme y se respetaba a Mackay, entre otras cosas, porque sabía, entre otras cosas pequeñas porque era digno, entre algunas mas pequeñas todavía porque era honesto. Y todo esto hacía que se volviese un polvorín a veces el Colegio Anglo Peruano. Hay profesores que están aquí presentes que entraron solo el año 23 precisamente a consecuencia de la crisis que se planteó en todo el colegio y en todo el Perú. Coincidió además este espíritu liberal que promovía el Colegio Anglo Peruano en que cabían todas las tendencias, en que Mackay, perteneciente a una confesión, a una iglesia determinada. no hacía cuestión de la iglesia a que pertenecían sus alumnos ni le interesaba de dónde venian social o religiosamente, lo que quería es que quisieran saber y que creyeran en Dios porque eso es bueno y el que no cree en Dios acaba creyendo en que no hay Dios, y creer en que no hay Dios es lo mismo que creer en Dios solamente que es una contradicción con uno mismo, lo que se llama creer a contramano y era mejor creer a sigamano que es una manera más directa de todas las cosas. Mackay no exigía realmente nada de estas cosas, no exigía ninguna condición. Lo que quería es que fueran gente activa, digna y limpia y que tomasen parte dinámica, constante, en la educación. Por eso es que de su plantel iban saliendo gentes como parvadas de palomas mensajeras de palabras raras: cultura, saber, dignidad, honestidad, libertad y fue así una verdadera parvada precursora que fue saturando y conmoviendo el ambiente y que muchos de los cuales se conviertieron en líderes a corto plazo. En los movimientos que vienen en el año 30 y el año 32 en el Perú, que plantean una crisis de otro tipo, una crisis institucional y política, hay muchos ex alumnos de las primeras promociones del Colegio Anglo Peruano en los primeros puestos de combate y de dirección de entonces.

Pero hemos venido a escuchar algo sobre la crisis de la educación actual y simplemente le estoy poniendo, como diría el futbolista, la bola en los pies a Neil MacKay para que patee al gol. De todos modos siempre cabe un regateo a la criolla. Quiero terminar con unas palabras más sobre Mackay. Mackay se fue del Perú realmente desgarrado, había hecho su segunda patria del Peru. Se había acostumbrado, no al Perú sino a tratar a los peruanos como amigos, hijos y hermanos suyos. En San Marcos era uno de los profesores más queridos. A sus clases no se faltaba ni tampoco pasaba lista, no era necesario. Era el profesor por excelencia a quien se consulta después de clase, eso que tantos profesores quisiéramos que terminada la clase haya gente que todavia no quieran separarse de uno para preguntar algunas cosas étiles o convenientes —cuando generalmente lo que ocurre es que sonada la campana todo el mundo se va por su lado “porque ya acabó el pesado ese”, dicen, “que ocupó la tribuna”. No ocurría esto con John Mackay y cuando se fue a la Argentina y siempre volvia acá invitaba a discutir, generalmente en desayuno con muy buena precaución porque en esa hora la mente esta fresca y los sueños también un poco olvidados pues. Después, como una especie de mensaje a todos sus alumnos de la América Latina, no solamente del Peru, sino de Chile y de Argentina, escribe un libro maravilloso, un libro que ha sido traducido muchisimo después a1 castellano y me parece que fue Alberto Rembao, un gran amigo mío y a1 mismo tiempo ayudante de Mackay y de Rycroft en Nueva York el que lo tradujo, es “El otro Cristo Hispanico”. En este libro Mackay vuelca sus experiencias en Latinoamerica y vuelca su experiencia no sólo desde el punto de vista religioso que en realidad aparece sólo a1 final, sino del punto de vista social y del punto de vista educativo. El había visto, había descubierto, primero a traves de Unamuno, que había una visión del Cristo que él tenía dentro del corazón, distinta. Era la visión de un español combativo, agonista, polémico y terrible como era don Miguel, pero vio después que esta versión hispánica del autor del Cristo de Velásquez era distinta en América Latina y se encontró con un continente en el cual la religión empezaba a estar ausente, en donde se hablaba de Cristo pero de labios para afuera con el corazón vacío, o mudo, o quieto, sin calentar las palabras que después brotaban por la boca, y escribió por eso, sobre el Cristo Hispánico en su aspecto ardiente y por el Cristo vario, plural, eso sí plural y pluralista de los latinoamericanos, a través de un examen que hace en los ultimos capítulos sobre el Cristo que presenta Navarro Monzó, sobre el Cristo que presenta Ricardo Rojas, sobre el Cristo ocasional que presenta Jose Gálvez, alguna de Belaúnde, en suma sobre las diferentes fisonomías, facturas y presentaciones del Cristo en la América Latina. Después nos dedicó a nosotros otro libro, muy importante, que se llama “That other America”, aquella otra América, que es la América invisible, la América que no aparece en los textos, la América que no aparece en los reportajes periodísticos, esa América que todos sentimos pero que nadie ve y que nadie quiere describir porque compromete y nos compromete a nosotros mismos con lo más íntimo de nuestro ser a1 describirla. Y escribió un libro de exégesis moral que se llama “Mas yo os digo” y muchas cosas más y dirigió, en donde lo encontré una de las últimas veces, dirigió el Seminario Teológico de Princeton, en donde tenía su casa a1 lado de la de Einstein en donde iban las gentes a consultar a este hombre que era realmente una fuente de sabiduría y de serenidad a quien se iba a ver y a oír para serenarse. Muchas veces, lo confieso, he conversado con Mackay y lo he buscado en momentos de crisis, quizá porque no había farmacopea tan fácil como ahora hay tantas píldoras para tranquilizarse, le iba a buscar a Mackay como un bálsamo verdadero de palabra y pensamiento. Y así le hubiéramos querido tener hoy y nos hubiera tranquilizado, y a lo mejor tranquiliza también al Dr. Neil MacKay porque no habría crisis si está Mackay aquí, sino sencillamente soluciones y serenidad.

Muchas gracias.

 

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